La noche que Zlatan lo dio todo


Todos con Zlatan.

Todos con Zlatan.

Era su esperado debut, se sentía en el epicentro de todas las miradas, el personaje del mes, el actor principal de una representación que, para ser solamente un ensayo, un partido amistoso, había congregado a casi cien mil personas en el Camp Nou y conectado al televisor a no se sabe cuántos millones más, también pendientes de cada uno de sus movimientos.

Querían verle a él, a Zlatan Ibrahimovic, preferentemente marcando goles y exhibiendo esa portentosa técnica y habilidad que le han llevado, desde el calcio, a convertirse en el único futbolista del mundo capaz de llegar como titular a la delantera del mejor equipo del mundo. La noche del miércoles Zlatan descubrió, sin embargo, que jugar en el Barça es sorprendentemente distinto a cualquier otra experiencia futbolística.

Lo que sintió fue una mezcla extraña de responsabilidad, ilusión y, por encima de todo, de exigencia personal, de un nivel de compromiso que tampoco había adquirido antes en ninguna otra parte. No porque aquí le paguen más, sino porque el entorno y la grandeza de todo lo azulgrana ultrapasa la dimensión de cualquier otro club. En el Camp Nou, un amistoso puede ser tu tumba si menosprecias el poder de la fuerza barcelonista.

Tan intensamente percibió Ibrahimovic esa sensación que, como un juvenil, corrió desmelenado lo que no había corrido en mucho tiempo, dando zancadas arriba y abajo, buscando posiciones de ataque, tratando de estar donde se supone que debe estar un ‘9’ como él en un equipo como el de Guardiola, febril y compulsivamente ofensivo.

Aunque había entrenado ya dos o tres días a tope, el rondo sólo es un juego, una forma de tocar en corto, rápido y sin pensar. Nunca imaginó que se pudiera jugar a la misma velocidad de balón a lo ancho y largo del Camp Nou. ¡Buff!.

Estaba para rendir a tope no más allá de veinte minutos y acabó, tras el vértigo de 45 minutos frenéticos, sin pausa, con el balón continuamente enjuego y cerca del área, completamente exhausto, rendido y vacío. Asfixiado.

Lógico. La mala suerte de una lesión como la suya, nimia pero antipática desde el punto de vista de compatibilidad con determinado tipo de ejercicio, le ha obligado a estar casi tres semanasa parado. Algo de bicicleta, andar mientras los demás entrenaban, apenas unos toques y disparos en la gira. La inactividad, forzada hasta completar la recuperacíón total de la muñeca, le ha hecho perder ritmo de competición, fuerza y frescura. El instinto le guiaba sabiamente, pero las piernas y los pulmones no estuvieron a esa misma altura, asombrado por la velocidad de crucero del juego azulgrana y pasmado ante el alud de chavales que, como setas, suben al primer equipo un día tras otro con descaro y un fútbol que tira de espaldas.

Este domingo, ante el Athletic, Ibra lo volverá a intentar con el mismo entusiasmo y un poco más de fuelle. Probablemente juegue otro medio tiempo. Poco a poco.

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